Nadie dijo que fuera fácil ni que fuese tan complicado. Nadie me advirtió de las consecuencias ni de las causas improvistas. Nadie dijo que no diera miedo. Nadie me habló del miedo. Ese que al cruzar la Gran Puerta te corta la respiración, te cierra los conductos del aire, te absorbe llegando a cruzar la línea divisoria entre lo real y tu "yo" interno. Ese que está en los ojos de los médicos, en la boca del que habla, en los informes que sostienen sus manos. Quizás, quieras escapar. Salir corriendo. Alejarte de tu pasado, presente o futuro. Que más da, con tal de desaparecer. Sin demasiados problemas, sin molestar. ¡PAM! Y volver cuando todo se haya calmado, cuando el sol no pegue tanto y la lluvia no te moje. Pero no sirve de nada cerrar los ojos a los problemas y esperar a que desaparezcan solos. No lo harán.
Planteate salir, esta noche bailamos en la primera discoteca que veamos; que los problemas no me quitarán el sueño ni la música alocada. Y quién me diga que he perdido no tiene ni idea de lo que
soy capaz de hacer. Que si quiero, voy y lo consigo. Con la punta de los dedos tocar las estrellas; que lo difícil se hace y lo imposible se consigue. Que no es necesario vivir la vida como si cada día fuese el último. Simplemente, hay que vivirlos. Y PUNTO. No te arrepientas de nada que te haya hecho sonreír, que los buenos amigos permanecen o desaparecen sucesivamente pero los recuerdos permanecen. Y al final solo te quedan cinco cartas de la baraja. Que nadie me detenga, que tengo por pistola mi cabeza. Que la fiesta continue, que yo quiero bailar toda la noche.
miércoles, 23 de mayo de 2012
domingo, 20 de mayo de 2012
Arriba, que nadie pueda contigo.
El sufrimiento forma parte de la vida, es necesario para
saber lo que se quiere de verdad.
lunes, 14 de mayo de 2012
Dream.
Estaban sentados en la hierba húmeda, riendo como tantas otras
veces, imaginando vidas ajenas. Uno de ellos redactó una fórmula mágica sobre
el cielo y las estrellas, y lo lejos que quedan de nosotros a pesar de ser más
pequeñas que nuestros dedos, con los que podemos alcanzar sus filamentos
dorados.
Alejandro la miró. Llevaba pensativa toda la tarde y el
cielo no podía ser excusa.
-
Si algún día pudieses pedir un deseo con total
certeza de que fuese a cumplirse, ¿cuál sería?
No le sorprendió la pregunta. Alejandro siempre había
tenido sus maneras de preguntar cosas tan simples como un “qué tal”. Todos
respondieron cosas como viajar a la Antártida a ver pingüinos o conocer a su
entrenador de fútbol favorito. Pero ella no respondió, se quedó callada, inerte.
Pasados unos minutos reaccionó y dijo:
-
Pediría no perder lo que tengo.
domingo, 13 de mayo de 2012
Piensa que es la única vida que podemos compartir.
Que desde siempre quiso ser como tú, nadie lo dudaba. Pero que te marcharas fue una sorpresa para todos. Y él se marchó contigo. Desapareció entre nosotros, se esfumó. Nunca quiso una vida normal, o eso decía él. Pero, ¿qué es una vida normal?
Desde hace tiempo pensaba en marcharse, "llegar lejos" decía él. ¿A dónde? A ningún lugar, simplemente echar a andar. Siempre hacia delante, sin mirar atrás. Todos supimos lo que eso significaba. Bueno, quizás no todos, pero yo sí. O simplemente sea el victimismo de algunas personas lo que alimenta esas lágrimas. Ya nada ha vuelto a ser igual, estamos vacíos. Sin emoción.
¿Por qué? Siempre nos preguntamos por qué te marchaste. ¿No estabas cómoda? O, quizás, todo te quedaba un poco grande. "Cada uno recibe lo que se merece". Aquello le marcó... y hoy no estás ni tú, ni él.
Recuerdo cuando fuimos todos a dormir al campo. Fuimos porque nunca habíamos dormido todos juntos bajo las estrellas. Te confesé que me encantaban sus filamentos dorados y a ti te encantaba como brillaban sus ojos con aquel resplandor. Y te miró, y fue a por ti. Y tú, inmune ante sus besos, como si fueras de hielo, como si no tuvieras corazón. Fue aquel día cuando lo supiste. Debías marcharte de su corazón. Sin hacer ruido, sin rastros ni huellas. Sin molestar mucho. Que los recuerdos son muy vagos, y tu sonrisa caprichosa. Que quien la sigue, la consigue. Pero a ti nunca te interesó llegar más allá de lo formal. Y, por eso, aquella mañana te levantaste de la cama mientras él dormía en tus recuerdos. Cogiste la maleta ya hecha escondida debajo de la cama... y te marchaste. Sin un adiós, sin una nota.
Recuerdo que te llamé toda una semana y, al final, por agotamiento y por remordimiento (aún no sé muy bien) me lo cogiste. Me obligaste a despedirme por ti de todos... incluso de él. Pero ya estaba lejos y no escuchó mis palabras.
Ya ha pasado un año, y todavía seguimos vacíos. Sin noticias tuyas. Él volvió. Siempre le gustó estar en casa. Le cogía cariño rápidamente a la gente.
Solo, espero que vuelvas algún día y nos cuentes por qué te cansaste de nosotros... Aunque aún dudo que seas capaz de enfrentarte a tus problemas.
Desde hace tiempo pensaba en marcharse, "llegar lejos" decía él. ¿A dónde? A ningún lugar, simplemente echar a andar. Siempre hacia delante, sin mirar atrás. Todos supimos lo que eso significaba. Bueno, quizás no todos, pero yo sí. O simplemente sea el victimismo de algunas personas lo que alimenta esas lágrimas. Ya nada ha vuelto a ser igual, estamos vacíos. Sin emoción.
¿Por qué? Siempre nos preguntamos por qué te marchaste. ¿No estabas cómoda? O, quizás, todo te quedaba un poco grande. "Cada uno recibe lo que se merece". Aquello le marcó... y hoy no estás ni tú, ni él.
Recuerdo cuando fuimos todos a dormir al campo. Fuimos porque nunca habíamos dormido todos juntos bajo las estrellas. Te confesé que me encantaban sus filamentos dorados y a ti te encantaba como brillaban sus ojos con aquel resplandor. Y te miró, y fue a por ti. Y tú, inmune ante sus besos, como si fueras de hielo, como si no tuvieras corazón. Fue aquel día cuando lo supiste. Debías marcharte de su corazón. Sin hacer ruido, sin rastros ni huellas. Sin molestar mucho. Que los recuerdos son muy vagos, y tu sonrisa caprichosa. Que quien la sigue, la consigue. Pero a ti nunca te interesó llegar más allá de lo formal. Y, por eso, aquella mañana te levantaste de la cama mientras él dormía en tus recuerdos. Cogiste la maleta ya hecha escondida debajo de la cama... y te marchaste. Sin un adiós, sin una nota.
Recuerdo que te llamé toda una semana y, al final, por agotamiento y por remordimiento (aún no sé muy bien) me lo cogiste. Me obligaste a despedirme por ti de todos... incluso de él. Pero ya estaba lejos y no escuchó mis palabras.
Ya ha pasado un año, y todavía seguimos vacíos. Sin noticias tuyas. Él volvió. Siempre le gustó estar en casa. Le cogía cariño rápidamente a la gente.
Solo, espero que vuelvas algún día y nos cuentes por qué te cansaste de nosotros... Aunque aún dudo que seas capaz de enfrentarte a tus problemas.
martes, 1 de mayo de 2012
La luna me sabe raro.
Nunca llegas a aceptarlo del
todo, nunca llegas a asumir que… todo tiene un final. Más tarde o más temprano,
aquí o allá. No importa. En ese momento nada importa. Ni las discusiones, ni
los quebraderos de cabeza. Ni siquiera importas tú. Ha pasado, está… pasando.
Ahora, heç zaman, maintenant, ora. Pa janm, poukisa, сейчас, ตอนนี้, ... qué más da. Tantas
palabras juntas, tanto que debiste escuchar… o decir. Tanto que soltar en un
último impulso al cielo gris que hierve las calles de la ciudad, triste y alicaída.
Todo ocurre rápido, para pararte en seco y decirte despacio “He ganado”. Sin
poder reprimirlo, sin motivo alguno. Y al llegar la noche, la luna me sabe
raro. No tiene ese gris natural que tú decías, no tiene ese brillo, ese ¡PAM! para
atraer.
No sabes… no. No lo entiendes. Y entonces ocurre, una vez más. No hay vía de escape posible, me envuelve la oscuridad. Mi callejón no encuentra su salida, y coger un par de canciones para acariciarlas ya no está en tus planes. Fue tan rápido… como el relámpago que se apaga antes de nombrarlo. Y vuelta a la realidad, a la tarde de cielo gris, a la iglesia gótica, al ataúd envuelto en lirios, al llanto de sus almas y a la alegría de los muertos. Estoy aquí, ahora, como nunca imaginé, rodeada de gente que calla. Pero, qué sabe la gente lo que siento cuando callan. No imaginan que el relámpago ya suena, que la luz está perdida y que la tormenta anuncia las trompetas del final. No saben nada. Ni que fue del último beso, ni si fui suficientemente valiente… solo saben que todo esto ha terminado en una canción sin partitura, sin guión.
No sabes… no. No lo entiendes. Y entonces ocurre, una vez más. No hay vía de escape posible, me envuelve la oscuridad. Mi callejón no encuentra su salida, y coger un par de canciones para acariciarlas ya no está en tus planes. Fue tan rápido… como el relámpago que se apaga antes de nombrarlo. Y vuelta a la realidad, a la tarde de cielo gris, a la iglesia gótica, al ataúd envuelto en lirios, al llanto de sus almas y a la alegría de los muertos. Estoy aquí, ahora, como nunca imaginé, rodeada de gente que calla. Pero, qué sabe la gente lo que siento cuando callan. No imaginan que el relámpago ya suena, que la luz está perdida y que la tormenta anuncia las trompetas del final. No saben nada. Ni que fue del último beso, ni si fui suficientemente valiente… solo saben que todo esto ha terminado en una canción sin partitura, sin guión.
Quizás mañana… quizás,
despierten. Pero yo sé que no es ningún sueño, ni alguna película sin final. Que
todo acaba, con un tiempo de paragüas y chubasquero. Mañana recordaré que es
injusto, que aprendí a levantarme y sacar las fuerzas de donde fuese necesario.
A ponerme guapa para mí y no para nadie más. A salir sin esperar verle. A no
girarme cuando pasaba por mi lado. Creía imposible llegar a este punto de
superación. Y después de todo, por una historia pasajera más no iba a
arriesgarlo todo. Pero no era una historia más. Era mi historia, mía. Nuestra.
Que los segundos contaban y los perdí todos, que el accidente no fue culpa ni
del alcohol ni de la colonia que hechizaba a tus víctimas. Que la culpa fue del
viento que acariciaba tus mejillas.
Y, otra vez aquí, con esta
tarde de cielo gris, en esta iglesia gótica, con tu ataúd envuelto en lirios,
con el llanto de sus almas y la alegría de los muertos. Te vas sin mi aliento,
aunque te llevarás todo lo demás. Hasta los recuerdos, que me devolverán a la
discusión por los celos, tu huida en el coche, la lluvia y el suelo
resbaladizo; tú empotrándote contra la oscuridad y yo en el suelo aferrándote a
la vida, sin poder atarte, mojándome el alma hasta llegar al infierno y
removerlo entero. Y, tal vez, algún día, sea capaz de visitarte en el
cementerio memorizando cada pliegue de tus labios para mantenerlo fresco en mis
recuerdos.martes, 24 de abril de 2012
domingo, 22 de abril de 2012
B y sus locuras ideales ante la negación de su amada.
En aquellos años, las iglesias
querían llegar al cielo, rozar sus nubes con todas esas agujas y arbotantes buscando
llegar más allá del sol. Quizás, nunca supo llegar más allá porque no era
capaz, porque no le alcanzaban los pies. Nunca entenderían los motivos por los
que Gonzalo nunca hubiera marchado de Calahorra. Podría decirse que fue una
mujer la que hizo que todas las noches, asomado a su balcón, pidiera a la luna
el reflejo dormido de su amada. Y finalmente, quedaba absorbido por las
campanas de la iglesia que clamaban su desesperación. Aunque también era por
sus padres, que estaban a las puertas de una muerte casi segura. Y cada día
recitaba un soneto distinto de algún loco perdido en los recuerdos pero
Elizabeth no respondía. Solían decir en la plaza que el buen muchacho esperaba
sentado en una piedra del camino donde tiempo atrás habían rozado más que sus labios
junto al río. Pero ella nunca venía. Se había marchado para siempre. Y el
desdichado muchacho esperó hasta que un buen día aceptó los hechos tal y como
se habían presentado. Sin más. Resignación y positividad dentro de lo que cabe.
Y en otras ocasiones, por desgracia, en su gran mayoría, caídas en picado y
descenso continuo sin llegar nunca a tocar el suelo. Había momentos en los que
daba todo por perdido, así mismo dando por hecho que el mundo comenzaba y
acababa en Elizabeth. Pensaba que no saldría nunca de esa situación. Tenía
miedo. Estaba aterrorizado. No se imaginaba los días sin ella. No quería
imaginárselo. No quería ver. Le asustaba y cohibía la idea de seguir solo. Sin
su compañía cada día, sin sus te quieros. Tenía miedo a no sentir lo mismo por
nadie. A echarle de menos por las noches. A extrañarle en besos de bocas
ajenas. No conocía el amor con nadie más... Y perderla fue como arrancar de
raíz una parte de él. El vacío que sentía día a día era inmenso. Era como… como
si nada de lo que hiciera, nada de lo que tenía, fuera suficiente. Nada le
llenaba. Y todo intento de sustitución era en vano. Pues sólo conseguía
extrañarla más...
Son inevitables las comparaciones. Tenía miedo de besar a
alguien y desilusionarse de nuevo... Volver a caer en lo mismo, echar a perder
todo lo conseguido. Tenía miedo de ver un cabello perfectamente ondulado,
oscuro hasta cierto punto, y que el corazón le diera un vuelco para volver a
desilusionarse y que se le escapasen lágrimas accidentalmente; a seguir escribiendo poemas que nadie
escucharía como último recurso, con tal de mantenerla lo más cerca posible de
él. Pero sobretodo tenía miedo a dejar de tener miedo porque sabía que con él
se iría también su amor. Pero, sorprendentemente, y después de todo, para ser concretos dos años
y escasos días... Sucede. Sin más. Algo
ocurre. Aparece alguien que, en principio, no tuvo en cuenta. No le dio
importancia. Una simple costurera. Dio por hecho que sería otro intento nulo
más. Y no quería volver a tirar a la basura todo lo que había adelantado en
esos años. Había aprendido a vivir sin Elizabeth, a asumir que regalaba besos y
caricias a cualquier otro muchacho que no fuera él, y no es que el dolor
disminuyese, sólo aprendió a convivir con él. Se acostumbró a no tenerle. A
"ser" sin ella. Se ve que hay cosas que tienen que suceder sin más.
No podemos ir contra esto. "Escojas la dirección que escojas, todos los caminos
conducen a Roma". Lo que tenga que ocurrir, pasará de una manera u otra,
más tarde o más temprano. Pero acabará sucediendo. Y así fue. Lo que comenzó
como algo que carecía de importancia para Gonzalo, se convirtió en algún que
otro sentimiento más... importante. Y conforme pasaban los días el sentimiento
iba profundizándose… Entonces, es cuando aparece. Y llaman a la puerta. Ahí
está de nuevo. El miedo. El maldito miedo. Sabía que esto ocurriría. Miedo.
Miedo de lo que pueda ocurrir, de lo que él mismo pudiera llegar a sentir...
Miedo a enamorarse.
En resumidas cuentas. Miedo a volver a sufrir... A darlo
todo sin recibir nada, a encontrarse en la misma situación anterior de nuevo...
A veces, Gonzalo prefería frenar ese sentimiento, no
dejarlo salir nunca más. Pero no podía. Era inevitable. Si aquella dulce
costurera le decía te quiero no podía evitar sonreír; si le besaba no podía
evitar dejarse llevar. No podía… Y de nuevo ese miedo que siempre aparece
cuando mejor estás para crearte dudas. Le asustaba la idea de sentir algo más
fuerte por alguien y que ese alguien no le correspondiera. Pero entonces, por
esa regla de tres, si cada vez que sintiera algo más allá de lo escrito por
alguien la dejase escapar por miedo, no viviría nada. Los dioses nos dan
continuamente salidas y oportunidades, que hay que saber ver. Y reconocerlas. Tomarlas.
Y arriesgar. Si no, qué sentido tendría esta vida... No sabía si estaba
dispuesto a dejarla escapar. Entonces, lo supo. Aquello era lo que llevaba
esperando tanto tiempo. Una segunda oportunidad. Y ahora que se le presentaba,
no podía dejarla escapar. Ni hablar. "Dejarse llevar" sonaba
demasiado bien. Pero, estaba en su derecho de mirar por él y sentirse bien con
otra persona. Debía darse una oportunidad, dársela a ella, y dejar que todo
saliera sólo. Sin forzar nada. Que todo se diera en su momento justo. Sin
prisas. Dejar que los sentimientos hablasen por sí solos y el tiempo hiciera lo
demás... quizás, algún día, podría
llegar a rozar el cielo.
Fdo: Gonzalo B. en su libro inacabado “Memorias de un poeta perdido” nunca encontrado.
domingo, 15 de abril de 2012
No hay nadie mejor que yo para perder la noción del tiempo.
Creo
que uno de los sueños que cualquier ser humano apuntaría si pudiera en una
lista de “Cosas que hacer antes de morir” sería volar.
Qué se debe sentir al
dejar pasar las nubes tras tus dedos, intentando atraparlas. Quizás sonrías al
mirar al vacío y contemplar ese lugar que sueles llamar Mundo, al observar
todas esas vidas con historias tan distintas y tan interesantes para contar.
Qué se debe sentir al tirar a ese vacío los papeles del guión de tu película.
Así, sin más. Qué sensación dará sentir las nubes bajo tus pies, rozando el mar
con la presión de unos colores grisáceos que buscan su azul en la superficie.
Estar volando, volando hasta el sol. Sentir sus filamentos dorados rozar tu
piel. Y ese millón de partículas de agua que forman esas nubes que ahora
recorren tu cuerpo caen al vacío. Mira como sus cortas vidas explotan en un
choque contra las calles de la pequeña ciudad, mientras sus coberturas
plateadas alcanzan un efecto chispeante al rozar el suelo. Esas partículas de
agua que te hacen sacar la mejor de tus sonrisas frente a tus amigos. Cada
momento tiene una chispa, no hay momentos vacíos. sábado, 14 de abril de 2012
Domi militiaque.
Ser inmortal puede estar bien. Vives eternamente, mantienes la edad con la que dejaste morir tu alma humana. Ahora si puedes hacer todo aquello que siempre quisiste hacer, tienes todo el tiempo del mundo para ello. Nadie puede impedírtelo. Está bien, sí.
Lo peor son los recuerdos. Las personas a las que has querido, a las que has besado. Saber que ya no están, que no te volverán a arropar con su abrazo. Lo peor son las personas a las que has visto morir mientras tú, impotente, no podías impedirlo. Si hubieras estado un poco más cerca, si hubieras ido tú en vez de ella… En fin. Pero lo que nunca podrás olvidar son las personas a las que has matado. Cada gota de sangre te salpica mientras sus caras recorren tu alma, rompiéndote pedazo a pedazo, con un contoneo de líneas. No se van a marchar, su venganza no conoce límites. Su calor recorre su ventana, se abre poco a poco. Ella, dormida, ajena a los hechos, recorre tus sueños. Un cuchillo hace el resto. Y después solo queda una habitación bañada en recuerdos. Ser inmortal está bien. Salvo cuando tus enemigos matan a la persona a la que más quieres.
lunes, 9 de abril de 2012
Parando las horas con los dedos.
Entonces voy a buscar esa película en blanco y negro que ha durado dos años. Toda una vida. Esas noches pasadas en el sofá. Lejos. Sin conseguir darme una explicación. Arañándome las mejillas, pidiendo ayuda a las estrellas. Fuera, en el balcón, fumando un cigarrillo. Siguiendo después ese humo hacia el cielo, arriba, más arriba, más aún... Allí, donde precisamente habíamos estado nosotros. Cuántas veces he nadado en ese mar nocturno, me he perdido en ese cielo azul, llevado por los efluvios del alcohol, por la esperanza de encontrarla otra vez. Arriba y abajo, sin tregua. Por Hydra, Perseo, Andrómeda... Y abajo, hasta llegar a Casiopea. La primera estrella a la derecha, todo recto hacia el amanecer. Y otras muchas. Y a todas les preguntaba: ¿La habéis visto? Por favor... He perdido mi estrella. Y a mi alrededor, ese silencio de esas estrellas entrometidas. El ruido molesto de mis lágrimas agotadas. Y yo, estúpida, buscando y esperando encontrar una respuesta.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)













