miércoles, 20 de noviembre de 2013

Primera parada: Locura.



Y entonces volvió. Volvió como el dulce recuerdo del olor a galletitas recién salidas del horno, volvió como la nieve cada invierno que llena las calles antiguas y frías de aquella pequeña ciudad cansada de observar o como las gotas de lluvia que se aferran a su ventana. No sabría decir por qué volvió. Pero lo hizo…
Justo a tiempo.
Hacía meses que no recorría aquellas calles, aquel rincón. Oscuro y dulce en su memoria.  Seguramente por miedo. Simplemente, era miedo. Pero las cosas habían cambiado (y, a su vez, muchas personas e, incluso, la sonrisa de sus pupilas). Las estrellas eran más grandes y la lluvia más rápida. La noche oscurecía de forma especial, resbalando suavemente hacia el horizonte en busca de una luna en tonos plateados, danzantes, casi amarillentos. Con color a viejo.  Su búsqueda de sonrisas la habían convertido en coleccionista. Y ladrona.
Las cosas habían cambiado hacia un estado que podía olerse en el ambiente, hacia un dulce infierno. 
Yo lo llamaría Felicidad.
Quizás por eso volvió. Y no por el miedo.  Ni por ellos, ni por su sonrisa…


lunes, 11 de febrero de 2013

Toda verdad guarda una gran mentira.


Sin duda alguna, hablar es muy fácil. Solamente debes enlazar unas cuantas sílabas decoradas con un par de letras y… ¡Pam! Pero, al final del túnel, las palabras no valen. Son los hechos los que establecen una unión que no es pasajera, son la cuerda que emerge al exterior llamada “Verdad”.  Es como una promesa incumplida, así definiría yo a las palabras. Promesas que invaden, que crean decisiones que solo quedan en pensamientos que, evaporándose lentamente hacia un cielo de helio, desaparecen.
Ciertas personas pensarán que estás loca al intentar rozar el sol con la punta de los dedos. Se basarán en el hecho de que puedes quemarte. Pero ese dolor no es mayor al del corazón que sangra vida, momentos y poemas perdidos en el baúl de los recuerdos (viejos y oxidados). Al fin y al cabo, esos hechos tienen algo de lógica, por no llamarla “elección”. Siempre he pensado que cuando estás a punto de cruzar una línea, elegir el camino correcto o decidir si atravesar el puente o el río a nado, tienes dos opciones: Seguir adelante, sin mirar atrás, sin pensar en las consecuencias, el llamado placer momentáneo, que solo dura esos instantes; O pararte a pensar, meditar el después y tus alternativas. En conclusión, hacerlo o no hacerlo. Y cuando habrás esa puerta ya no habrá vuelta atrás porque qué sucede en el instante en el que sabes que el final está próximo pero aún no lo ves.
Vacío. Un oscuro y frío vacío que se apodera de tu cuerpo, inyectándose en tus venas, recorriendo cada artería, atravesando el corazón… tu cuerpo entero, de pies a cabeza. Una sensación no recomendable para tu fuero interno. Pero las sonrisas no se borran, ya es tarde para eso. Esta noche, limitémonos a ser nosotros mismos. Solo así conseguiremos ocultar el miedo…


miércoles, 30 de enero de 2013

Hay fotos que caducan, que se consumen lentamente.



Da pena saber que te obligan a tirar varios años de tu vida a la basura. Incluidos los recuerdos, ya sean buenos o malos momentos, objetos con sentimientos incorporados, fotos con memoria... todo, sin distinciones. Es algo que no eliges ni siquiera ellos, pero sucede. Así, sin más. Y de repente un día te das cuenta. Pero ya no hay vuelta atrás.
Un buen día descubres que no todos los que están a tu lado te quieren, que la codicia mueve a las personas y que un amigo está tanto en lo bueno como en lo malo. Duele saber qué las cosas cambian y más cuando haces todo lo posible para que eso no ocurra. De qué sirve entonces luchar por una relación de amistad, por qué vas a dar tu vida por alguien que no te prestaría ni un libro cualquiera de su estantería.
A veces esperamos demasiado de otras personas, solo porque nosotros estaríamos dispuestos a hacer mucho más por ellos. ¿Somos ingenuos? No, somos humanos. Pero duelen tanto esas cálidas lágrimas que se desbordan añadiendo momentos que deben ser recordados para, quizás, hacernos más fuertes, para decirnos que esa persona no merecía la pena y que no se merece ni un minuto en nuestra cabeza. Pero es nuestra naturaleza. Así somos… y eso nadie podrá cambiarlo.
Todos hemos pasado por una situación similar. Mirar a un viejo amigo y ver en él, en el reflejo de sus ojos, todos los momentos que fuisteis felices sin motivo, simplemente por ser esa persona la que estaba a tu lado. Mirarle fijamente y descubrir que ese tiempo acabó, que el mar se lo ha tragado y lo ha sumergido, que nunca lo podrás recuperar. Nunca. Podrás crear recuerdos nuevos pero no podrás volver a atrás. Nada será igual. 


Duelen tanto las fotos y todo lo que tienen que contar. Las sonrisas no engañan y una imagen vale más que mil palabras. Duelen, no son igual que los momentos vividos y, eso nos hace daño. Te obligan a saber que nunca volverás a ser tan feliz con esa persona como en aquel momento, que vuestro tiempo acabó y que la palabra amistad no significa lo mismo para todos.
En ese momento descubres que en el mundo hay dos tipos de personas: las soñadoras y las realistas. Son muy distintas entre sí, cada una con sus más y sus menos. Están divididos pero, a veces, es bueno que se mezclen porque los soñadores le dan la vida a los realistas, les muestran que hay mucho más jugo que sacarle a las cosas y que los pequeños detalles son los más importantes; y los realistas hacen que los soñadores no vuelen muy cerca del sol y no se quemen.
Yo me considero una persona soñadora, quizás por ese motivo esté escribiendo estas palabras que delatan que la perfidia de algunas perdonas ha acabado conmigo. Pero no voy a cambiar. Soy así, no puedo evitarlo. Quizás mi objetivo (y el de cualquier persona soñadora) sea dibujarles sonrisas a los realistas para que puedan llegar a comprender que en la vida, al final, pesa más lo bueno que lo malo aunque no podamos evitar sentirnos vacíos en ocasiones.  Al fin y al cabo, las palabras nunca reemplazan a los sentimientos.

viernes, 28 de diciembre de 2012

¿Por qué no?

Los días en los cuales me enseñaron a ser quién soy están en la cima. A los ojos de la historia nunca seremos grandes ni siquiera al morir pero hoy todo puede cambiar. ¿Por qué no? Vivir lejos, cerca del mar, en los cielos o con los pies en la tierra pero, al fin y al cabo, vivir.


Sentir que las fuerzas del universo se han aliado y se disponen a luchar contra tu corazón en una batalla en la que tú serás la espada y tu orgullo, el escudo. Nunca serás más valiente. Nunca serás el mejor. Pero nadie te impide intentarlo. Lo que no cuesta no vale la pena. Y las posibilidades se agotan pero mientras haya una posibilidad, una mínima posibilidad, una sola... vale la pena intentarlo. Y será ahí, en ese momento, justo ahí, cuando te des cuenta de cuál es tu camino. Y ya no habrá motivos para no seguirlo.

lunes, 24 de diciembre de 2012

El mar.

Llegué allí donde las luces del alba se encontraban con su juicio final, donde el cielo permitía admirar su belleza dando paso a la oscuridad. Una mezcla de ilusiones sofocadas con el rumor de las olas que componían levemente aquella canción, interpretada por los marineros escondidos en sus barcos naufragados. Nunca perdí el sueño ni las ganas de viajar pero ese fue mi fin como el del sol que se pierde entre las nubes y ahoga sus gritos en ese azul grisáceo.
y mientras el viento lamía los bordes de su vestido negro dediqué un segundo más a aquel abismo infinito.


sábado, 15 de diciembre de 2012

Fundación Icaro: Guardianes de sonrisas.



En la vida hay pocos momentos que se quedan grabados, imposibles de borrar. Algunos, por muy buenos que sean, acabas olvidando detalles. Pero otros, con su fuerza, acaban agarrándose y nunca se soltarán. Esos momentos no nos producen miedo, tristeza porque ese tipo de momentos se olvidan voluntariamente. Yo hablo de otros momentos. Un tipo de momentos que puedes llegar a vivir dos o tres veces en tu vida. Un momento que te envuelva, acariciando cada uno de tus sentidos hasta introducirse en tu piel llegando a rozar tu alma.
Yo conservo uno así. Un día en la preciosa Madrid, que para mí fue como una gota de alegría en un mar triste y oscuro. Hay momentos que no se pueden explicar con palabras, ni siquiera con imágenes porque son tan fuertes, tienen tanta vida, que su luz desborda sonrisas con lágrimas incrustadas. Cuando lloras de felicidad y no de tristeza, cuando llega ese día… hay algo, un “no sé qué” que se introduce en tu corazón y nunca más va a desaparecer. Da igual lo que rías, los años que pasen porque en tus recuerdos ese día tomará un gran valor. Te hará llorar de una felicidad contagiosa con una chispa de emoción revitalizante. Ese día te marcará para siempre. Y ese recuerdo se materializará ante ti cuando lo desees. Tan perfecto, tan uniforme. Si tuviera que dar una definición de la felicidad… sería ese recuerdo.
Y entonces conoces a personas increíbles que, a pesar de las adversidades, te hacen ser mejor persona. Esas son las personas que valen, personas que cambian el mundo que tienen a su alrededor. Personas increíbles, maravillosas cuyas sonrisas iluminarían cualquier corazón apagado. Personas perfectas. Guardianes de nuestras sonrisas. Personas que por algún casual han llegado a tu vida para enseñarte que sonreír es un deber, que hay mucho más allá, que los malos momentos se superan y que todos podemos congelar algún momento en nuestra mente para no volverlo a soltar nunca. Algunos pueden enseñarte a amar una fotografía y que sacan de algo horrible su mejor cara. Otros rompen barreras y reglas para elevarte hacia la luz. Y otras están a tu lado cuando menos lo esperas. Estas personas aparecen como por arte y deseas que nunca desaparezcan. Estas personas tan peculiares, tan diferentes entre sí pero tan fuertes que admirarles sería decir poco. Cómo explicar algo con palabras que nunca podrás pagar. No se puede.






Gracias a Antonio, Noelia, José Ignacio, Juan Carlos, Manolo, Rocío.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Nunca fuimos nada.


Un mismo día, importante para dos personas distintas. Personas que fueron algo, pero que ya no son nada. No hablo de una buena historia de amor con final trágico incorporado. Esta es una historia de dos amigos, de dos hermanos que sin previo aviso se alejaron. 
Y aquella fue la historia de un 4 de Diciembre, de un frío invernal que arrancó todas sus sonrisas, que se llevó consigo aquel "Te lo prometo" con el complemento de unos ojos verdes. Aquel fue el invierno que marchitó su mirada, que permitió la pérdida. Un cobarde con nombre de valiente. 
Aquella no fue una historia común. Fue su historia.