Con los pies descalzos y los sentimientos en vena, me dispongo a abandonar una oscuridad que me pesa. Acostumbrada a acarrear con los años y las piezas que he desmontado por pereza, es extraño sentirme tan ligera. No obstante, sigo entera, desgastada en las esquinas; con la pintura algo oxidada por la esperanza que penetra y no se escapa. Dulce locura encontrarme otra vez en casa.
lunes, 24 de diciembre de 2018
miércoles, 7 de noviembre de 2018
Llanto roto.
El rugido del mar me embelesa. Me ha capturado en sus entrañas y me ha mecido hasta dejarme sin habla. Me retiene en su abrazo eterno y su espuma rompe contra los vértices de mi cuerpo.
Ese llanto, que propaga con sus olas, ha eclipsado mis sentidos y se ha colado entre los pliegues de esta luz que, días atrás, consideré mi alma.
Descanso eterno; silencio roto por la fuerza de sus olas, que me roban un beso salado al encontrarme tan perdida en estas horas.
Y, en su oscuridad, ha aferrado mis miedos para no dejarlos nadar y que mueran en un naufragio de espuma y mar.
Por suerte, la cosa cambió.
Quise tragarme todos mis miedos; engullirlos; enterrarlos en lo más profundo de mi ser. Anclarlos al fondo, que se ahogaran con sus propias lágrimas y cesaran esos gritos asfixiantes. Pero eso no te salva la vida. Más bien todo lo contrario.
Te destruye.
domingo, 21 de octubre de 2018
Somos tierra y universo.
Somos alas imponentes; miradas que se encuentran; paradas colapsadas.
Somos la luz de los ojos del que renace del infierno y de algún otro cielo.
Somos la oscuridad encarnada en esta copa de vino añejo.
Somos cuerpo; somos carne; somos células dispares.
Somos tierra y universo; lluvia y firmamento.
Somos ángeles desterrados, por cobardes y miedosos que se coronaron con nuestras debilidades.
Somos lucha; somos fuerza y resiliencia.
Somos únicos e iguales.
Somos luz; desierto y paz; lágrimas de sal.
Somos todo y somos nada;
y una historia que contar;
cicatrices mal cerradas
y muchos logros
que nos quedan por soñar.
Herida y sonriendo.
Me pierdes entre los gritos que amenazan mi existencia. Pretendes silenciar mis sentimientos con el miedo que un día dolía y hoy ya no puede conmigo. Me crezco con cada discusión que pierdes con tus formas. Y, mientras tu enfado te hace cada vez más pequeño, yo sigo aquí.
Herida y sonriendo.
Libre.
Ningún tipo de sentimiento ni emoción se pueden forzar. Ni el amor ni el cariño; ni el odio ni el miedo. No se pueden comprar ni vender. No se puede obligar a alguien a sentir algo que ya no siente.
Cuando las manos tienen que sostener lo que el corazón ya ha perdido, ¿de qué sirve?
Tus gritos no harán que te prefiera a ti. Ni tus amenazas. Ni siquiera mis miedos.
Mi libertad reside en que, sabiendo sobrevivir sin ti, prefiero estar a tu lado antes que llamar a otros. No hay dinero que me compre. Ni amenaza que me asuste tanto como para mantenerme a tu lado si decido irme.
No eres mi dueño. Ni mi dueña.
Yo no funciono así.
Soy libre.
Somos dioses a la altura de una hormiga.
A las tres de la mañana, la luz de las farolas hipnotiza mis pestañas; se desgarran mis sentidos; se culturiza mi alma. Al derramarse por nuestras sonrisas el brillo de cien mil estrellas, se ha remangado mi falda; he olvidado los modales; he accedido a tus trampas.
Al caer la noche gris por nuestras espaldas, he sentido tu mirada recorriendo mis ganas; he cumplido lo pactado; nos han reducido a montañas. Somos dioses a la altura de una hormiga; somos alas que se intercambian sus cadenas; somos la fusión de dos amantes de verbena.
Al caer la noche gris por nuestras espaldas, he sentido tu mirada recorriendo mis ganas; he cumplido lo pactado; nos han reducido a montañas. Somos dioses a la altura de una hormiga; somos alas que se intercambian sus cadenas; somos la fusión de dos amantes de verbena.
jueves, 31 de mayo de 2018
Sobre la mesa del bar.
Con los pulmones repletos de ese cruel oxígeno que lucha por escapar de mí, escucho el golpe seco de mi corazón desplomado sobre la mesa del bar que nos vio por última vez, sabiendo que el beso que te prometí sólo será real en los recuerdos que recrea mi almohada al intentar dormir.
Vieja Estación.
Y aquí vengo, a veces, a recrearme en mis recuerdos.
Algunos malos; algunos buenos.
Aquí, donde nadie me pueda encontrar.
Mi refugio de aquellos años.
La vieja estación.
Despoblada, enredándose en el óxido que los recuerdos producen, sangrantes de dolor.
A pesar del tiempo, a pesar de los años, siempre me dedica unas lágrimas al entrar por sus puertas.
Es su manera de decirme: "sigo aquí".
Aquí, en este silencio que sólo interrumpe mi alma,
me aíslo y tomo fuerzas para enfrentarme a lo que me espera ahí fuera.
Aquí, siempre aquí.
En mi vieja estación.
Algunos malos; algunos buenos.
Aquí, donde nadie me pueda encontrar.
Mi refugio de aquellos años.
La vieja estación.
Despoblada, enredándose en el óxido que los recuerdos producen, sangrantes de dolor.
A pesar del tiempo, a pesar de los años, siempre me dedica unas lágrimas al entrar por sus puertas.
Es su manera de decirme: "sigo aquí".
Aquí, en este silencio que sólo interrumpe mi alma,
me aíslo y tomo fuerzas para enfrentarme a lo que me espera ahí fuera.
Aquí, siempre aquí.
En mi vieja estación.
Y desaté.
Y me dejé querer por unos brazos
que no eran ni los tuyos ni los míos.
Y desaté las sábanas de varias camas
que no quise retener por pensar en tu mirada
y no en el huésped que la guarda.
que no eran ni los tuyos ni los míos.
Y desaté las sábanas de varias camas
que no quise retener por pensar en tu mirada
y no en el huésped que la guarda.
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