Conozco un lugar, no muy lejos, a unas tres o cuatro cervezas de aquí. Es un buen lugar para caerse muerto. Nada parece malo desde allí. Perdimos la cabeza pero no el sombrero. Quizás llegó el momento de quedarse así. Alguien cruzará mi corazón desierto, y se perderá y me perderé por seguirte a ti. Si no puede hacerte daño, no te hará feliz. No conozco otra manera de vivir.
miércoles, 7 de diciembre de 2011
martes, 6 de diciembre de 2011
Páginas en blanco.
Las páginas descolgadas de mi diario arden entre las garras del infierno. Estoy aquí, con los que fueron mis recuerdos. Rompiéndolos, quemándolos. Dejando que sus cenizas encuentren un ápice de compasión entre estas lágrimas. Estoy rozando el fuego con mis dedos. Me estoy quemando, me hipnotiza con su juego. Calor. Ten cuidado, no se vaya a apagar con el frío del invierno.
Recuerdos. Buenos, malos, imposibles. Eternos, dulces, amargos. Recuerdos engañados, miradas de desprecio. Sueños de un ayer borrado. No me arrepiento de nada, salvo de haceros daño. No penséis que quiero deshacerme de esos recuerdos. Solo creo que fueron momentos míos, grabados en mi memoria a base de tinta y pluma. Esas palabras, cada letra que arde, cada color, cada sabor, cada olor, cada recuerdo que formó parte de mí, forman parte de mi pasado. Un pasado que no quiero olvidar, pero ya es hora de pasar página y seguir escribiendo al ritmo del tocadiscos. Es mi pasado, mío. Y tengo derecho a deshacerme de él como me plazca.
Sí, es verdad que en él han participado muchas personas. Algunas, llegaron a mi vida y se marcharon muy pronto; otras, se quedaron un tiempo, dejando huellas en mi corazón y sé que gracias a ellos ya nunca más volveré a ser la misma. Es cierto, ese pasado les pertenece tanto a ellos como a mí, ya que todos colaboramos en él. Pero estas páginas siguen siendo mías y voy a quemarlas. Cada pedazo de recuerdo, cada pedazo de alma desaparecerá entre mis sentimientos caducados.
No debo arrepentirme de nada que me haya hecho sonreír, y no lo haré. Y sí, he cometido errores. Bastantes, diría yo. Y pido perdón por ello. Siempre tendemos a mirar hacia otro lado cuando algo no nos gusta. Pero no voy a rendirme y hacer que lo malo pueda conmigo. Prometo que siempre que algunas de estas páginas vuelvan a mi memoria, sonreiré. Porque fueron momentos que me hicieron sentirme alguien durante un estúpido minuto. Por eso hacemos fotos, para capturar un momento concreto. Una foto es parar el tiempo en ese instante, y queda ahí para toda la vida. Siempre decimos que queremos parar el tiempo en ciertos momentos, y que no acabaran nunca. Y todas y cada una de ellas están guardadas. Siempre las llevo conmigo. Una foto en sí no es nada, ¿no? Una simple foto tiene el don de enmarcar un momento, una situación concreta, el tiempo parado para siempre, una imagen que te hará recordar ese día siempre. Y sabrás qué hacías y porqué. Y es bonito guardarlo. Al igual que un diario. Y estos recuerdos permanecerán intactos en mi memoria.
Puede parecer que esto es algo innecesario, estúpido o que estoy perdiendo un tiempo muy valioso. Solo te diré una cosa: lo que haga hoy es importante, porque estoy utilizando un día de mi vida en ello. Nunca será solo un recuerdo del pasado, una historia incompleta con final indeterminado. Nunca será solo una canción. Y creeme que haber llegado a tomar esta decisión me ha costado demasiadas semanas y algún que otro remordimiento. Soltar algo nunca es fácil. Ya sean los impulsos que hay dentro de ti, lo que piensas realmente de tus amigos o soltar a tu esclavo sexual y convertirlo en tu novio. Pero no hay nada más difícil que dejar ir a alguien que te importaba.
Páginas viejas, encasilladas en mi memoria.
Miras las páginas en blanco de tu cuaderno. Recuerdos amputados de tu vida. Palabras dibujadas en un lienzo de marfil que traen con ellas días de un verano aún caluroso. Historias felices, lágrimas grapadas en páginas ya olvidadas de mi viejo diario. Historias de un amor pasajero que te enseñó que no vives en un cuento de hadas, que no siempre los buenos van a ganar, que las nubes no son esponjosas y que, a veces, es bueno dejar marchar ciertas cosas. Soltarlas. Desprenderse. Olvidar. Que nada es para siempre. Cierra ciclos. No lo hagas por orgullo ni por incapacidad, sino porque esto ya no encaja en tu vida. Ya no forma parte de ella. Formó parte de tu pasado pero no del presente. No te arrepientas de nada que te haya hecho sonreír, pero quizás ya es hora de pasar página.
lunes, 5 de diciembre de 2011
Impulsos.
Es difícil elegir un solo momento de la vida.
Especial. Divertido. Emocionante. Un sueño. Un único recuerdo. Un beso...
Tiene que ser un momento único, que nadie te pueda quitar. Algo que recordarás toda tu vida.
La última imagen antes de morir.
Es duro pensar que el tiempo se va de las manos, que lo perdemos. Y pensamos que ese momento nunca llegará, que solo será una ilusión, un espejismo, un sueño.
Es triste recordar y descubrir que cometimos un error... Y no poder volver atrás.
Impotencia. Dolor. Una lágrima.
Es imposible saber si un "te quiero" de sus labios nos hará tocar el cielo o morir en el intento.
Esperar. Esperar. Esperar. Paciencia. Llorar. Soñar. Volver a la vida real.
Pero estoy segura de que será un momento que nadie recordará, salvo tú.
Y eso es lo que lo hace tan especial.
Te sientes como superman.
Cuando aprendes a ser algo que no eres y te conviertes en una mentira constante... Y dejas de crearte ilusiones, dejas de imaginar tantos finales que ya no saben a nada, dejas de pensar en un "nosotros", en tantos momentos porque no vale la pena seguir manteniéndolos vivos.
Y empiezas a vivir, a reír y a sentir lo prohibido. Aprendes a empezar, a empezar a ser quien eres, quien tú quieres ser. Lo que has sido siempre. Y es en ese momento, en ese extremo de la cuerda, cuando entiendes que eres feliz.
Y empiezas a vivir, a reír y a sentir lo prohibido. Aprendes a empezar, a empezar a ser quien eres, quien tú quieres ser. Lo que has sido siempre. Y es en ese momento, en ese extremo de la cuerda, cuando entiendes que eres feliz.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Jugando al escondite.
¿Creías poder esconderte? ¿Creías poder escapar de la realidad? Te equivocabas. ¿Demasiados errores para ti solita? Siempre lo pensé. Nunca he sido de esas que dicen: "Bah, no tengo ganas" Siempre he dicho que lo que me propongo lo consigo. Esta vez, no iba a ser menos. Te lo dije, querida, te lo dije. ¿Creías qué tras esas cuatro paredes no te verían? ¿Creías que iban a desaparecer tus problemas porque estarías en tu mundo? No, eso son historias ficticias aunque debo reconocer que a mí me encantan. Leeré en tus ojos cada palabra, cada realidad. Te encantaría que eso fuese así, otra vez. Despierta, esto es la vida real. Seguramente, demasiado peso para ti. Pero tú lo dijiste una vez, todos recibimos lo que merecemos.
Invierno trastornado.
No sé qué he venido a hacer aquí. Me he levantado temprano, con el frío que hace, solamente para venir a sentarme a un banco lleno de nieve en un parque que recuerda a esos días de verano. Una ciudad congelada por las lágrimas.
No sé qué hago aquí. Ni siquiera le he llamado. No le he puesto ni un mensaje. Quería estar sola. Y llorar.
Llorar, llorar, llorar y desaparecer por momentos. No pensar en nada, solo dejar que pasen las canciones de mi móvil lentamente, sin importarme si significan algo para mí. Sentir su letra y llorar aún más.
Miro hacia abajo. Veo el reflejo de mi cara en el móvil. Antes me habría quedado mirando esos ojos de plata. Ya no tiene sentido. Ya no quiero sonreír. Quiero hacer caso omiso de mis consejos. Esas lágrimas que salen de mis ojos continuamente son las que me acompañan cada instante, pero yo ya no puedo seguir con esto, todos los días lo mismo. Es como una sensación de tristeza que me acompaña siempre.
Me levanto decidida. Camino un largo rato, sola, sintiendo como las melodías descarriantes retumban en mi cabeza, cegando mi dolor iluso.
Llegó sin quererlo pero muy consciente de mis actos, contando cada paso que doy hasta allí arriba, en el puente de Sant Ángelo.
En ese momento, se escucha en mi móvil esa canción.
“Justo en el momento en que empezaba a encontrar oscuridad hasta en el sol de mi ciudad. Justo en el momento en el que la resignación consumía cada día mi ilusión. Apareces tú y me das la mano y sin mirarme te acercas a mi lado, y despacito me dices susurrando que escuche tu voz. Adelante..."
No me gusta, pero por el simple hecho de que me da esperanzas, de que me recuerda a la gente a la que quiero y que ahora mismo pensarán que estoy dormida en mi casa. Pensarán que me verán esta tarde. Que verán mis ojos, mi sonrisa...
Toco la piedra. La limpio un poco. La nieve cubre toda la ciudad como intentando esconderla del resto del mundo, como intentando que pase desapercibida para los viajeros interesados en conocerla. El viento se lleva el resto de las serpentinas de las fiestas navideñas, mientras el sol lucha por salir entre las nubes para calentar a las pocas almas descarriadas que se han atrevido a salir tan temprano esta fría mañana de navidad. Ya fuera porque los últimos rezagados tenían que comprar los regalos que les faltaban a su árbol de navidad o porque algún niño se había levantado demasiado temprano para el gusto de su aún dormido padre y quería jugar con la nieve que se amontonaba a sus pies. Fuera lo que fuese, allí estaba yo. Ya subida a la barandilla de aquel viejo puente eché un último vistazo atrás. Algunos comercios comenzaban a abrir sus puertas; ancianos sentados en un banco, dándoles de comer a las pocas palomas que se dejaban ver con aquel frío, miraban como sus manos se arrugaban un poco más echándose otro año a sus espaldas; adolescentes que volvían de una larga noche de juerga en el coche de alguno de ellos, desesperado porque sus compañeros no le ensuciara la piel de los asientos con sus babas por culpa de algún escote más provocativo de lo que debería.
Miro hacia adelante. Un tranquilo río asoma desde abajo. Tranquilo y profundo, cuyo final son un conjunto de rocas afiladas, cuchillas malditas para los sin suerte que cayeron en un pasado por algún accidente de tráfico. Todavía se ve en la orilla un ramo de flores marchitas y congeladas por este invierno triste. Vidas arrebatadas, amputadas. Vidas rotas por cuatro o cinco copas de más de algún bar nocturno del otro lado del puente.
Llevo uno de mis pies hasta la fría nada, apunto de apoyarme y caerme en el precipicio. Siento como el viento agita mi pelo arropado por un gorro. Pero una fuerza con la que no contaba me empuja hacia atrás, hacia el duro asfalto sucio y empañado. Me abraza con fuerza, maniatándome con sus besos, como intentando que no consiga ponerme en pie y vuelva a intentar subir a la barandilla. Me mira, está llorando. Sus lágrimas calan en mi abrigo, dejando goteras en mi alma.
Es él.
No digo nada, no soy capaz. Me avergüenzo de mi intento. Se separa de mí un instante para mirarme a los ojos y me dice con voz temblorosa:
-Ni lo pienses, es que ni lo vuelvas a pensar.
viernes, 2 de diciembre de 2011
Mírame sin miedo, sin censura.
No quiero que la historia más bonita tenga el final del que estaba prohibido hablar. No creo que sea necesario decir por qué, no creo que sea necesario mentir. Tal vez, y solo tal vez, mis lágrimas se sequen cuando vuelvas. Quizás, entonces, me suba a mis tacones, con mi falda más corta, escote supremo. Pero nunca cambiaré tus palabras por besos que no siento y botellas de vodka. Música en el alma, luz multicolor, miradas que engañan al son del alcohol. ¿De verdad, piensas que esa quiero ser yo, qué eso es mejor? Palabras teñidas de un oscuro sabor a ron mezcladas con tus besos, dejando tu calor en mi colchón. ¿De verdad, piensas que perder tus besos es lo que quiero yo? Ganando tus impulsos a una canción con un tango de salón. No quiero cambiar lo que tengo hoy por un chico de pantalones rasgados, sonrisa Colgate, ojos de color marrón, mirada perdida en faldas de burdel mientras me engancha la cintura a su camiseta DC. Y, aquí me quedo yo, rozando tu piel, quemándome el sol. Tus besos con mis besos, debajo del edredón. Y te digo “te quiero”, calmando tu sabor. Te quieros sinceros sin el habitual colocón. Te miro a los ojos. Te quiero decir que contigo soy feliz. Sonríes, me miras. Volvemos a repetir. Me besas, te excitas. Me quiero morir. Suena tu móvil, besos que repartir.
“ Date la vuelta, mírame, ponte más cerca que quiero saber a qué sabe tu piel cuando te despiertas”
jueves, 1 de diciembre de 2011
Segunda planta. Habitación nº16.
No sabes lo que es que al final de ese pasillo solo veas esa habitación. No quieres avanzar pero el peso de tus maletas te impide pararte obstaculizando el paso mientras el peso de tus lágrimas te pide un respiro antes de entrar en esa cárcel de cristal. Reconoces ese olor. Huele a lavanda y a limpio. Huele a falso. Guardas los restos de tu sonrisa en la maleta, de todas formas solo son restos. Sacas la máscara. No es la típica máscara. No es blanca, ni tiene una sonrisa pintada. Es una mentira con cuerdas que se implantan en tu alma. No hay salidas de emergencia, ni sonrisas de repuesto en el almacén. El frío recorre tus venas, impregnándolas de ese miedo con dosis a medida. ¿Conoces esa sensación de no querer salir de tu habitación? Para qué iba a salir. Solo iba a ver un pasillo largo, paredes blancas y bandejas vacías de esperanza. Esa sensación de querer que el aire roce tus mejillas llevándose el dolor de tu cuerpo dolorido. Miras por la ventana, ya es otoño. Me encantan los colores del otoño, la variedad que hay. Verde, rojo, amarillo, marrón. Me gusta el olor a frío. Ese olor a tierra recién mojada; las gotitas de lluvia que caen mojando tus sentimientos enfundados en piel. Pero hoy… Hoy huele a recuerdos y a lágrimas derretidas. Huele a palabras traicioneras y a miradas de reencuentro. El reflejo mojado de unas cuantas miradas aparece incrustado en un par de guantes con la única intención de cerrarse en banda, tras horas y horas de fotos que pasan. Y de tanto esperar, he perdido las ganas de seguir mirando a través de la ventana. El fuego consume las palabras, olvida los días que quejaron marcados en tu piel. Y, al final de todo, páginas en blanco y bufandas a juego con unas cuantas llamadas que esperan buscando sonrisas. Y ahora que no me ves, después de disimular, puedo mentir con tu ilusión desgastada. Tan peligrosas palabras, me refugio en tus labios. Esta noche se pone muy borde si te vas buscando despojos de caras pasadas. Estoy cansada, agotada. Necesito relajarme, ponerme los cascos y sumergirme en mis sueños. Lo más fascinante de todo es que en un abrir y cerrar de ojos puedes pasar de la más absoluta belleza sosegada a una auténtica violencia despiadada. Tus manos no te engañan. Hace calor y no llegas al interruptor. Estás sola, tu habitación a oscuras. Así que, me entretengo dibujando desprecio por las paredes porque en esta habitación nada duele.
Otoño. Sí, me encantan los colores del otoño, la variedad que hay. Verde, rojo, amarillo, marrón…
No es cuestión de hacerse el fuerte.
Puede ser que la vida no sea la fiesta que esperábamos que fuera... pero ya estamos aquí, así que no nos haría ningún daño bailar un poco.
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